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Rick

2012.10.18

Me cuesta mucho escribir este editorial, pero soy consciente de que cumplo con un deber de gratitud y resulta ineludible.

Han pasado cuatro días desde que Rick nos dejó, de forma repentina e inesperada. Aún sigo como noqueada, por la falta de explicación lógica que, quienes estamos acostumbrados a usarla, casi diría “obligados”, no podemos evitar aferrarnos a una pregunta que, en este caso, no tiene respuesta. Quizá la mejor respuesta la recibí de un buen amigo, Profesor de Derecho Animal en Michigan, que fue una de las primeras personas a quien comuniqué la muerte de Rick, pues le había conocido hace ya unos años. Decía así:

“Oh my, that is very sad. Death of others we care about is always so hard to deal with. It is so final, so out of our control. take care of yourself as you deal with this.”

Es cierto, a nuestros compañeros, a nuestros perros, que forman parte de nuestra vida, resulta difícil y triste decirles adiós, porque nuestra misión a lo largo de los años es quererles y cuidarles, lo mejor que sabemos y podemos. Que se vayan, es el punto final de esa relación tan intensa y tan hermosa, tejida día a día por ambas partes y, ese momento final, está fuera de nuestro control.

Rick era un West Highland White Terrier, mallorquín de nacimiento y catalán de adopción, de padre y madre británicos. Una mezcla estupenda. Estaba censado aquí desde el año 2000. Le faltaban sólo dos semanas para cumplir 16 años y, con algún leve achaque, estaba en plena forma. Siempre contento, entusiasta con lo nuevo, divertido, cariñoso y siempre en su sitio, seguro de sí mismo, de mirada intensa e inquisitiva a veces, otras veces dulce y bondadosa y con un comportamiento que mostraba un corazón recio, amable y tierno. Sin embargo, como todos los terriers, Rick era un perro muy valiente y duro para el dolor. Nunca le oí quejarse, aunque alguna vez que se hirió, hubo que hacerle curas dolorosas en vivo. Tampoco se cansaba nunca, a ambos nos gustaba mucho la montaña y su resistencia era legendaria. Su última hazaña fue subir (con 14 años cumplidos) el “Matagalls”, un pico de considerable altura. Iba delante de la fila, abriendo paso y mirando de vez en cuando si yo iba bien. También le gustaba mucho el mar y pasear por la playa en invierno. Cuando vivíamos en Mallorca, solíamos ir a pasear por la tarde-noche a Illetes y, cuando nos traladamos aquí, solíamos ir a Castelldefells. Era un gesto suyo, pararse en seco delante de mí, levantar la cabeza para mirarme y agitarla en señal de felicidad, de encontrarse a sus anchas. También le gustaba nadar. Los primeros años, en Mallorca, se echaba detrás de mí, si yo me lanzaba desde una roca, para ponerse a nadar a mi altura. Todo este último verano, lo hice nadar mucho para que musculara las patas traseras y no se resintiera de un poco de artrosis de cadera, que le había molestado en invierno. Ahora, en este final del verano, estaba muy bien. Ya no cojeaba.

Le llamé Rick por el protagonista de “Casablanca”. A veces pensaba que en el carácter se parecía a ese personaje que representaba Humphrey Bogart, como si le hubiera encontrado un nombre a su medida. Rick sabía estar cerca cuando se le necesitaba y hacer vida independiente, justo como yo. A ambos nos encantaba viajar y lo hicimos en todos los medios posibles y a muchos sitios del mundo. Creo que le gustaba, como a mí, el “olor a aeropuerto”… Su primer viaje conmigo fueron 1200 Kmts, en coche, cuando era un cachorro de 6 meses. Tuvimos que trasladarnos 3 meses a Köln, en cuya Universidad estuve trabajando como Profesora Visitante. Fue un viaje muy divertido, me dí cuenta de que yo empezaba, con él, a descubrir el mundo. Todo le llamaba la atención, los patos de los parques, las palomas de las plazas, los músicos callejeros, ante los que se extasiaba y hacía “Uuuuuhhhhh…!”. En esa ocasión viajamos primero en ferry desde Palma y luego en coche. Lo resistió de maravilla. Recuerdo su expresión de asombro, cuando empezó a moverse el ferry y, enseguida, un brillo de diversión en la mirada.

Todos estos años, que hemos vivido con tanta intensidad, sólo me dejan una sonrisa en los labios. Un sentimiento de agradecimiento por haberle conocido y compartido tanto juntos. Se adaptó a todos los cambios que en este periodo se introdujeron en mi vida. Algunos muy importantes. Aceptó a personas nuevas en nuestro entorno y, en los cuatro últimos años, puede decirse que “adoptó” a Hudson, un Westie, que ha sido su compañero del alma y al que estaba enseñando –con dificultades…- a ser, como el mismo Rick, un “genteldog”.

Sólo quisiera compartir con mis lectores que no me avergüenzo de estar pasando un duelo. Que el dolor por la pérdida de Rick, no es señal de nada más que de tener sentimientos, hondos y serenos. Rick me quiso mucho y yo a él y tengo una “enciclopedia” de anécdotas que han llenado estos años. Todas ellas son una constelación que brillará siempre en mi memoria.

Rick era además muy guapo, lo sabía, pero nunca se envaneció. Se acercaba siempre con una mezcla de timidez calculada, que hacía que se le aceptara enseguida, tanto entre humanos como entre animales. A nadie le plantó cara, ni le oí nunca un gruñido agresivo. Era un tipo de una pieza. Un “bon vivant”. El sábado cenó su pienso, con apetito voraz, como siempre. Le cogí en brazos para sacarle a hacer sus necesidades y cuando le dejé en el suelo, se desplomó. Hicimos de todo para reanimarlo, pero se fue.

En el Hospital Clínico Veterinario de la UAB, nos acogieron con profesionalidad, rapidez y con una delicadeza y respeto, que desde aquí, quisiera agradecer.


LA EDITORA
Teresa Giménez-Candela
Catedrática de Derecho Romano
Animal Law Profesor
Universitat Autònoma de Barcelona



keys derecho, legislación , jurisprudencia , animal

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